sábado, 29 de septiembre de 2012

Apuntes porteños: “Los libros de poesía traen buena suerte”





1. Entre el 19 de abril y el 7 de mayo, se celebró la 38° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que contó con la participación del gran Carlos Fuentes, entre otros invitados de honor del mundo de las letras. En su magistral discurso, el escritor mexicano hacía el siguiente llamado: “Debemos extender, abrazar, incluir, no separar”, en lo que fue una de sus últimas presentaciones en público, a días de su inesperada muerte. La Feria es impresionante, llena de stand de libros, expositores a todas horas, lanzamientos de libros, charlas, conferencias, talleres, conciertos, etc. En uno de mis paseos por la Feria me encontré con el payador uruguayo José Curbelo, a quien había tenido el honor de conocer hacía aproximadamente un mes. Hacía de las suyas improvisando frente a un público improvisado (valga la redundancia, pues la actividad no estaba en el programa oficial), que le iba proponiendo los temas que él iba desarrollando con habilidad al ritmo de su guitarra milonguera. Cerca andaba un grupo de escolares con pancartas que decían “Macri hijo de puta” y cosas por el estilo. Al finalizar su presentación, crucé algunas palabras con el payador. Me acerqué como un fans, pero me recibió como a un conocido. Cómo era tu nombre? Federico?/ El último día de la Feria me quise quedar hasta el final y me llevé una muy grata sorpresa. En uno de los espacios abiertos de la Feria vi a un montón de personas que prácticamente se estrellaban, para hurgar una torre de libros que un tipo traía en una yegua. Traía una carga, esperaba que se vaciara la yegua e iba por más. Así que me puse a hurgar también, había muchos títulos, ninguno que yo conociera, ni título ni autor, pero eran libros regalados, así que había que llevarse algunos. El tipo iba y venía diciendo: lleven libros de poesía, traen buena suerte, lleven libros de poesía. Le pregunté algo y empezó a contarme que esos libros eran de una editorial que ya no existe, llamada “Editorial Libros de Tierra Firme”, que más tarde investigué y me enteré que era de un gran editor argentino llamado José Luis Mangieri, que fue quien publicara los primeros libros de Juan Gelman, entre otros. El tipo me recomendó una novela y varios libros de poesía, que me traje junto a algunos otros que ya había seleccionado. Llegué al hostel lleno de libros y con ganas de descubrirlos y pasé los días siguientes leyéndolos. Eran la mayoría de poesía y me parecieron, además de muy bien hechos (desde el punto de vista de la edición), bastante buenos. Y tan buenos me parecieron, que me creí pertinente rendirles un pequeño homenaje. Me explico: agradecido por el gesto del librero que me pareció un verdadero guerrillero de la poesía, regalando cientos de ejemplares de los “Libros de Tierra Firme” en la Feria, creé un blog en donde publiqué (y seguiré publicando) algunos de los poemas de esos libros, como una especie de antología virtual de los títulos que me traje ese día, de los cuales hay muy poca información en la web, y además muy poco se conocen en las librerías de esta basta ciudad atestada de libros. El blog es www.vueltadeletra.blogspot.com.ar / La noche siguiente a la creación del blog, que fue una idea que estuve pensando varios días, fui a un bar y me encontré con una novela corta y un libro de cuentos de la misma editorial (ha sido hasta el momento la única vez que me reencuentro con estos libros), me leí la mitad de la novela en el bar, hasta que éste cerró y entonces la tomé prestada para terminar de leerla (espero no ser juzgado, queridos lectores, como un malandrín por esto, pero el que esté libre de pecados librescos que lance la primera piedra), oculto bajo mi chaqueta, el libro se fue conmigo y me acompañó todo el resto de esa noche.


2. Un día en el subte: Al bajar en la estación Pueyrredón, entra muy rápido un tipo de lentes, y hasta me toma del brazo cuando paso a su lado, para no demorar más su acenso al vagón. Detrás viene otro, moreno pelado cuerpudo, Hey, no te voy a permitir no se qué. Y bah combos con el de lentes arriba del subte, la gente empezó a bajar y el tipo de lentes ya sin lentes se cambió de vagón. El otro lo siguió y se sumó uno con muletas, y a muletazo limpio, entre la gente, arremetió. Alguien protestó tímidamente y el resto se bajó. El de lentes, ya sin lentes, se arrancó lo que pudo dentro del otro vagón y éstos le pegaban y gritaban cosas que no entendí muy bien, pero que deduje por los gestos, y por un no sé qué, que el tipo algo malo había hecho contra el tipo de muletas (¿le habrá robado?). Una mujer gritó ¡policía! y la policía no llegó. El moreno pelado cuerpudo, al de lentes casi lo mata, golpeaba como en una película, era un tipo duro, de temer. Al final llegó la policía y hubo que quitarle de entre los puños al triste ser humano que antes tuvo lentes. Cuando le preguntaron que qué pasó él se excusó. Dijo, Ellos me pegaron.. ellos no sé qué.. que yo no sé qué otra cosa. Y le adiviné el acento chileno, y no sólo el acento. Le adiviné la culpa, le adiviné.


3. Con la llegada de los primeros fríos a la ciudad de Buenos Aires, Luis Toto Álevarez, músico porteño (porteño de nuestro puerto: del puerto de Valparaíso), dedicado a la improvisación libre, deambula por la agenda musical porteña (de este puerto: Buenos Aires), en lo que es casi un habitué en su agenda. Desde el 2005 que viaja constantemente, a veces 3 veces por año, y cuenta que cada vez vive experiencias nuevas y se enamora más de esta ciudad, de su cultura y de su gente “El recorrer las calles donde caminaron algunos de mis héroes de la música, donde la poesía sigue viva y los libros son como el pan. Conocer mis colegas, charlar, recorrer el barrio Flores, donde germinó gran parte del rock nacional… Veo el ánimo y el ímpetu de los músicos y me contagio. Me gusta la idea de que crear es nuestra razón fundamental en el camino. Por eso vuelvo y revuelvo, como diría Calamaro”. El día de uno de sus conciertos llego un rato antes y charlamos un rato con él, Jenniffer y algunos amigos músicos del Toto, mientras que los que fuman fuman y los que esperan esperan. Llegada la hora del concierto, que es una galería de arte, en donde cerca de los músicos hay grandes telas por terminar, fotos enmarcadas apoyadas unas sobre otras, estantes de libros y muchos objetos interesantes, como si fuera un teatro dormido que de a poco va adquiriendo vida con la primera parte del concierto, Toto Álvarez apoya la guitarra sobre sus piernas y ya antes de tocar empieza a ponerle pequeños chiches a las cuerdas. Por el otro lado una elegante chelista lo acompaña. Uno los ve y es como ver una versión musical de “La dama y el vagabundo”, la chelista elegante, como sacada de alguna filarmónica europea y él un rockero de barrio, medio loco y chascón. Pero están los dos frente a frente y de a poco, cuando va naciendo la música, va también naciendo una hermandad. Te das cuenta que no sólo hablan el mismo lenguaje, sino que se comunican con una facilidad y trasmiten tanto, que lo hacen a uno pensar que llevan una vida entera tocando eso, pero al mismo tiempo sabes que toda esa música que escuchas y que te obliga a no pensar más en las corcheas, ni en las tonalidades que aprendiste, es completamente nueva, es un viaje en el cuál no sabes qué pasará en el ¿compás siguiente? ¡Pero si aquí ya no hay compás, viejo! No sabes, digo, a donde te llevará este dialogo exquisito que van creando entre los dos. Porque aquí el tiempo y los sonidos significan otra cosa. “Con Ceci Quinteros hemos forjado una amistad a través de la improvisación. Creo que nuestro primer diálogo más en confianza fue tocar directamente. Nos conocimos y grabamos un disco”. La guitarra es víctima de todo tipo de experimentos y nuestros oídos son premiados al tiempo que la razón es puesta jaque ¡Pero cómo, se supone que las guitarras no suenan así! Y Ceci Quinteros no se queda atrás, va en busca de sonoridades nuevas constantemente, y cuando vuelve a una función algo más tonal con una melodía de notas largas lo hace con una dulzura y una elegancia que se llevan muy bien con las sonoridades propuestas por Toto Álvarez, más de una vez advertí un agudo extrañísimo que nacía del chelo, y después, cuando le pregunté cómo lo hacía, me explicó que con la frotación de su pulgar por la caja del instrumento. Recuerdo una parte del concierto en que cerré los ojos y no me di cuenta de cuándo había empezado a escuchar otro sonido, era algo extraño, algo nuevo que generaba una especie de atmosfera un poco incierta, era una especie de aleteo muy rápido. Miré para ver qué era y era el Toto, que tenía en su mano derecha una especie de hélice pequeña que pasaba por las cuerdas de la guitarra. “Eso para mi es la improvisación libre, soltar amarras y navegar, especular sobre mundos y sonidos, encontrar tu voz y compartir, dejar las estructuras impuestas. Ser valiente y saber que no hay nada, sólo el instante, que no importa nada más. Es la reinvención completa de uno mismo. Una manera de vivir. Poesía y aventura.” / Un mes después, en la feria de San Telmo, me encuentro con Pascuala Ilabaca, sonriente y radiante, como es su naturaleza. Otra porteña que busca constantemente su propio lenguaje musical. Parece que anduviera de paseo, pero no. Charlamos un rato y me cuenta que viene a Buenos Aires a masterizar su último disco, le cuento que hace poco vi al Toto, me cuenta que el Toto aparece en su nuevo disco. Y claro, cada uno es parte de la fauna del otro, la misma Pascuala y el padre de ella han colaborado con el Toto en distintos proyectos. Ejemplo de ello, el disco “La flor inexistente”, con texto y voz de Gonzalo Ilabaca y música de Toto Álvarez. Da la impresión que el Toto se está yendo de Buenos Aires y ya está volviendo; en otras músicas, en otras facetas. “Toco con todos los que pueda. Aprendo y desaprendo de la vida y de la música”. La Pascuala se va con su nuevo disco listo para lanzarlo, y el Toto que ya está prometiedo volver dentro de poco a su querida Buenos Aires, a perderse por ahí, por las calles interminables de la ciudad o de la música.






(faic, Buenos Aires, julio 2012) / (escrita para Revista El Saturnino)

miércoles, 1 de junio de 2011

Todo / Nada


El cielo entonces, era el cielo más amplio que jamás viera aquel pajarito de pecho más amplio aún, que volaba sobre la ciudad cumpliendo el rito milenario de las aves en la época del apareamiento. Era tan chiquito que cabría en mi mano; era tan hermoso que esa mañana las nubes no quisieron salir.

Iba en busca de su hembra, y la buscó por toda la ciudad, primero en las cercanías del puerto, allá por donde se vociferan los paseos en lanchas y se pueden ver los grandes barcos extranjeros. Anduvo por el reloj Turri, pasó por la Aníbal Pinto, recorrió Condell y Pedro Montt. Subió por Cumming; la pérgola de las flores, la plaza Sotomayor. De vuelta a la plaza de la Victoria, cerro Alegre, cerro Cárcel. Anduvo hasta por el congreso, y de vuelta se vino volando, naturalmente, directo a la plaza Echaurren. Agotado llegó a la iglesia la Matriz, recorrió el puerto con un último suspiro, hasta que la vio por ahí por Errázuriz, quieta en lo más alto del tendido eléctrico. Su alma de pajarito le volvió al cuerpo; cómo deseaba a aquella criatura que tenía enfrente. Se posó en unos de los cables paralelos al de su hembra, se miraron. Estaban tan cerca, pero entre sus ojos había tanto cielo.

Las plumas de su pecho se engrifaron de excitación, y lanzó al cielo un canto hermoso, que se oyó por todo el puerto. Aquellas notas dulcísimas se mezclaron con los ruidos de algún barco, el bocinazo de alguna liebre.

Luego de esto vendría el momento de acercarse, las caricias pajarunas, el revolotear de plumas. La primera etapa del cortejo se cumplía perfecta, con las últimas notas del piar de nuestra avecilla.

Ahí estaban los dos en lo alto, sobre los hilos que cruzan la ciudad, moviendo la cabeza de un lado a otro con ojos brillantes, picoteando el aire, buscándose mutuamente para hacer contacto.


Y luego todo fue un chispazo, un humito que se disipara al rato después.

[..ilustración de Carla Renault..]


(faic, horcón, invierno 2009)

(...)

Una amiga es capaz de hacer 712 click en 30 segundos, en un juego de facebook. Entonces juego horas para tratar de superarla. Ya vencido me acuesto y ahora paso horas pensando en cómo será de empecinada, mi amiga, cuando se masturba.


(faic, invierno 2010)

viernes, 4 de marzo de 2011

La muerte de Apólito, el último ángel



   Afuera se apagaban los últimos ruidos de la tarde. Se podía escuchar el silbato del último tren de la vieja estación casi siempre vacía. En un pupitre improvisado con aspecto de años de quietud se encuclillaba Cora para rezar antes del té. Apólito reposaba, con el mismo aspecto del pupitre; aspecto que cubría todo el interior de la casa que compartía con Cora. Miraba, por mirar algo, las últimas luces en la ventana.
-         Tú también te deberías encomendar.
-         ...
-         Es el colmo, no lo puedo creer – decía Cora mientras juntaba las manos.
-         ...
-         Por eso estamos aquí... solos.
Apólito no quitaba la vista de la ventana, prefería el parpadeo de la tarde a la devoción de su mujer por el Dios que los tenía despechados.
El cántico de Cora apenas se escuchaba y de tanto en tanto era cortado por un sollozo. El canto religioso, tenía una belleza extraña, la voz de Cora era como si muchas voces. El idioma no marcaba, para oído humano alguno, transición reconocible entre vocales y consonantes, sílaba y sílaba. No hay armonía posible para encuadrar aquella música balbuceada.
Con ojos furiosos, el viejo Apólito, mantenía su vista colgada en la noche a través de la ventana, en donde si uno se detenía, el reflejo de Cora era insinuado gracias a la única vela, que parecía danzar, en el centro del pupitre.
El cántico culminó con una nota única y mantenida por Cora hasta que pareció que el sonido salía directamente desde su pecho, como un silbido. Y, en efecto, no podría ser de otra forma. Cora ya había dejado la melodía permaneciendo en profunda meditación, sin embargo el sonido aquel de aquella nota, vibraba en toda la casa. Un sonido tal, que parecía darle un extraño color a cada objeto e iluminaba el lugar haciendo inútil ya la luz de la única vela, ahora quieta.
Tendido en el sofá, cuerpo caído, gesto amargo. Apoyado en sus amarillentas alas, de ángel caído, pensaba. La condena era amarga. Lo quemaba por dentro. Y por fuera, lo abrazaba un frío eterno. Una lucha insoportable en un cuerpo desgastado que no quiere la resistencia.
Luego de un rato, que pareció mucho tiempo, Cora se enderezaba en medio de la transparente sinfonía del silencio.
Un grupo de flamas hirviendo una vieja tetera sin tapa. Una mesa de maderas desgastadas, que entre sus tablas, muy juntas, mostraba sus selladuras de superficie, hechas por años. De harina y agua; harina y agua. Años de pan y pasteles, pastas y podo tipo de masas, que Cora se afanaba en preparar, al caer la tarde, para acompañar el té. Era este, tiempo bueno, las grosellas tenían un perfecto equilibrio entre dulce y ácido, el sabor preciso en el vaivén de los sabores que presenta la buena grosella.
...Y el ritual de las masas. Cora encorvada luchando la lucha del panadero.
Atrás, Apólito parece dormitar con los ojos abiertos; vacíos. Tiene ese aspecto que solo una prenda en desuso puede alcanzar si está tirada en algún tejado, expuesta al sol y al polvo. La penumbra que envuelve a Apólito es la penumbra que envuelve al desterrado, al que está en exilio, al que tiene marcada la frente, al maldito. Con ojos que han olvidado el llanto parece decir su última consigna. Y parece cantar. Adentro muy adentro, el viejo Apólito dice su himno.
Cuando la cena estuvo lista Cora preparó los últimos detalles. Ubicó el canasto del té y el azúcar; partió trozos de tarta, para llevarlos a la mesa.
-         Está lista la tarta... se va a enfriar el té.
-         ...
-         ¡Apólito!
-         ...
-         ¡Apólito!
-         ...
-         ¿¡Viejo!?
-         ...
Dejó caer el cuchillo y avanzó hacia el sofá. La muerte abrazaba al viejo Apólito y ya había apagado el último calor de su pecho. La mirada del muerto contrastaba con su expresión, mezcla de alborozo, terror y descanso.




(faic, valparaíso, 2008)

viernes, 25 de febrero de 2011

Extraño recuerdo o sueño que tuvo un hombre cualquiera


La isla llevaba por nombre un color ¿Bermellón? ¿Damasco? No, no era damasco.Era un rito. Mujeres lindas, hermosísimas, servían  vinos y manjares a sus invitados. Todo era confuso, la realidad se veía a través del  embriague. Los invitados eran todos varones y en la isla sólo había mujeres. Tocaban músicas, danzaban, servían y daban masajes a los comensales. Mantenían el fuego vivo de la gran hoguera, de la cual se desprendían aromas dulces, nauseabundos. Había un lugar. Pero esto era después del gran banquete. En donde había otras músicas. El gran fogón estaba algo apartado. Pero flameaba cada vez más fuerte. Era como un ojo que parecía dominarlo todo. Un sol en medio de la isla y de la noche, en  donde las dos parecían eternas. Los hombres caían rendidos, esparcidos por el prado. Un prado verde y negro con muchas flores obscuras,  pero blancas; plantas, siluetas de árboles. Las mujeres que eran  más, rodearon en número de cinco a siete a cada hombre. Y parecían disputarse la atención del macho. Sus ropas, blancas todas, de telas suaves como túnicas griegas caían en una danza lenta, pero fatal. La fragancia ahora era mucho más fuerte y el fuego ardía en un solo grito de aromas casi reconocibles. Algo había del olor de las rosas, y de ese otro olor... ¡Hay, ese olor... si pudiera sentirlo una vez mas!En ese instante empezó la  cogedera.  Una somnolienta hipnosis sería la que transformaba a los varones, ahora dueños de la máxima vitalidad, en verdaderas bestias sexuales. La fiesta duró mucho. Horas, tal vez. Hasta que las cinco o siete mujeres caían agonizantes, una tras otra en rededor del macho. Y estos dormían, luego de la gran  cogida,rodeados por estas espigas blancas, que eran las mujeres de la isla. Y es ahí donde se me borra todo. Una cosa extraña, como un bloque, o una mano arrebatadora me tapa o me quita las visiones. Algo inexplicable no me deja indagar más en aquellas experiencias remotas. Todo se vuelve obscuro y nebuloso cuando trato de recordar lo que ocurrió en aquel momento. Finalmente desperté, cuando fui entregado al fuego, junto a los otros cuerpos de los invitados.

La vida



Viajé desde las aguas claras de las montañas nevadas. Fui un pequeño barquito en ríos que cruzaron extensiones de roca y hielo. 

Quedé varado en una piedra fría y ciega por unos meses; me congelé, y producto de una crecida de las aguas, continué mi recorrido. Por cosas del azar, me tragó un recipiente y fui vaciado en otro. Quedé atrapado en un estanque enorme y después pasé meses atorado en unas cañerías. Vi la luz al salir de la llave que abrió un señor vestido de marino, para llenar un vaso y beber agua. El marino no me vio y fui tragado por él. Fue entonces que pasé mucho tiempo en el cuerpo de aquel señor y fui la causa de un cálculo atroz, por las grasas y materias muertas que en el interior de su cuerpo se me pegaron, y formé una especie de quiste maligno que casi lleva a la muerte al uniformado. Al pasar los años fui liberado por un grupo de médicos en una complicada cirugía y pude ver por segunda vez la cara de aquel hombre. Ahora llevaba bigotes y le llamaban almirante. Estaba distinto. Mi cuerpo y las materias que lo cubrían fuimos entregados en un recipiente metálico y vi cuando sacaron la camilla donde iba el sujeto de que les hablé.  Luego volví a las aguas. Aquí todo era muy distinto a como era en las montañas; ahora estaba en una gran ciudad. Navegué por conductos y caños, recorrí el cuerpo de una mujer al salir por una ducha y conocí las represas. Algunas veces quedo estancado por días en alguna rejilla o en algún filtro, pero pongo todo mi empeño hasta que logro zafarme. 

Me gusta viajar. A esta ciudad la conozco toda y,  aunque a veces extraño las montañas, me siento muy cómodo acá pues tengo mucho por recorrer y observar. Nunca más vi al marino ese y pienso que me gustaría encontrarlo alguna vez para saber cómo está. Hace poco fui entregado a este río. Es muy bonito. El recorrido es alucinante, el verde del pasto se mezcla con los cerros amarillos y morados, brilla un cálido sol y abundan los peces, en este río. Sé que me estoy alejando, y quién sabe dónde voy a dar. Pienso que me gustaría volver en algún momento, pero eso nadie lo sabe. Si llego otra vez aquí, espero ser recordado por lo que soy: un errante pelo de oso polar. 

Puertas que se abren



Te levantas. Son las dos y media. Refriegas tu cara y te colocas las sandalias para soportar el frío en las baldosas del baño. Recorres el pasillo y pasas por el living. Está allí tu guitarra, durmiendo en el sofá. Pulsas la cuerda más grave y antes que se acabe el sonido de la cuerda que quedó vibrando meas, te lavas las manos, y mientras te mojas la cara miras el espejo. Entonces me ves.

La trampa



Iba yo por la avenida Pedro Montt y dirigía mis pasos al Banco Estado. Me faltaban algunas cuadras para llegar, pero como iba con tiempo silbaba. La calle colorida, mostraba su ofrenda femenina en cada trecho, e inmerso en esta contemplación recordé unos versos de G. Rojas “me muero en esto, oh dios, en esta guerra de ir y venir entre ellas por las calles”. Soy Barítono desde los diecisiete y mi carrera de solista, pese a estar comenzando parece estar dando sus frutos. Hace no más de dos semanas he ganado en Italia un prestigioso certamen, donde se premió a la mejor voz cantante de mi categoría, con una suma en dinero no menor. Parte de la cual iba yo a depositar en mi cuenta bancaria, para tenerla de pequeño capital mientras llegue la oportunidad de invertirla.

Se explicará con esto mi afable carácter bajo el sol de las once.

En la intersección de Pedro Montt con otra calle que no recuerdo su nombre,  me aglomeré a la masa de gente que se agolpaba por cruzar y mientras apoyaba el pié al otro lado de la calle saboreando la fugaz sensación de llegar “al otro lado del río”, se desplomaba, junto a mi una viejecita, delgada como un suspiro. Me sentí culpable por que cayó muy cerca mío, tal vez, pensé, por que me quiso esquivar. Y la tomé por los costados para levantarla. Me pareció que su peso era más del que se esperaría de una ancianita, mezquina hasta de sombra. Al levantarse y hasta que hube de recoger el último tomate, que cayera de su pesada bolsa, me miró. Culpándome directamente de su caída, con ojos cansados, que poco se mostraban tras sus gruesos lentes. Ponía a su alcance en bulto para seguir mi camino, cuando dijo: “Voy hasta aquél letrero amarillo de allá” Y enfiló por la vereda, con paso lento, dejándome atrás con el bulto.

Desde atrás se veía aún más decadente, sus zapatos eran negros, uno más grande que el otro, caminaba inclinada a su derecha. Una falda marrón caía con desaliño bajo un chaleco rojo, descolorido por el sol. El olor a anciana me alcanzaba a la distancia de tres metros. Llegamos al fin ante una puerta, y dejé el bulto apoyado en el umbral. Con ceremonia, la viejita, habría la chapa. Yo seguía allí, como si esperara alguna cosa. Había algo que me hacía pensar que esto ya había ocurrido. Y recién entonces observé el rostro de la anciana. Era fea. Esa fue la única impresión que me dio. Se podía asegurar que por su cara pasaba, cada tanto, una afeitadora. El resto era tapado por sus grandes anteojos. Casi en el acto de fijarse uno en su rostro, llamaba la atención su pelo enmarañado el cuál se apoderó de mis contemplaciones durante el tiempo en que la puerta tornó, dando paso a una pequeña mampara, seguida de una angosta escalera. Recién ahí, la vieja, sonrió. Como hacen ciertos animales cuando piden de comer o que se les acaricie.

Me adelanté en tomar el bulto y el primer peldaño me trajo al recuerdo que se me hacía tarde para llegar al banco. Pensé en lo horrible del servicio de estas casas y en la fila que me tocaría hacer si demoraba más en llegar. “Gracias, mijito, por cargar mi bolsa. Yo estoy tan cansada...” Esto último lo dijo con un tono exagerado y majadero. Pero seguía con gesto duro, se notaba por su boca encorvada hacia abajo, y el labio inferior arremangado a su cara. Cada peldaño que subió de fue motivo de sonsonetes y resoplidos asmáticos que yo oía desde arriba.

Justo en el penúltimo peldaño, se detuvo. Y sacándose los anteojos me atravesó con ojos masculinos. Yo, que estaba parado frente a ella di un paso atrás. Y, presa del desconcierto más absoluto, le oí decir éstas palabras: “¡Cagaste conchetumadre!, ¡Entrégala to’a!” Junto a mi nacían dos manos desde adentro de un mueble grande, como un ropero, que me atraparon. La anciana, que estaba sufriendo una extraña metamorfosis abuela-hombre, mientras se quitaba la peluca, fue a dar a la mampara, producto de una magnífica patada en el centro del pecho, que propiné con precisión. Mientras, las dos manos, ahora provistas de cuerpo y rostro, me inmovilizaban. Dos tipos más venían. Y me ataron de pies y manos, para después golpearme durante unos tres minutos con una variedad de combos patadas y codazos, que no tienen fácil competencia, ni pueden soportarse sin alaridos de verdadero dolor.

Al término de su faena, los matones desaparecieron sin decir palabra. El hombre-anciana entonces, se acercó y de mi bolsillo extrajo, la suma de dinero.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Mi terremoto (una crónica a destiempo)

   Hace dos días había llegado de mi viaje por el norte. Ya había celebrado mi regreso con los amigos el día anterior, pero como era sábado había que seguir celebrando; la junta fue en la casa del Ítalo en la Tira Larga. Las botellas de ron poblaban la mesa, y sentados en esta estaban varios de mis amigos, la música aún era de volumen moderado y nos ocupábamos en reír de chistes y tallas que salían por aquí o por allá. Al rato nos disgregamos, pues ya éramos demasiados dentro de la casa y algunos hicieron un fuego en el antejardín, mientras otros se dedicaron a “bajar” el ron en la parte trasera de la casa. Los que habían quedado dentro ya habían subido al máximo el volumen y se contorneaban a oscuras al ritmo de las cadenciosas músicas que están de moda (si se le puede llamar “música” a eso que ahora se baila). Yo venía de estar en el fuego del antejardín y me pasé a la parte trasera, al grupo de los que se afanaban en “bajar” el ron, que por su ocupación, era sin duda mi grupo favorito en esa noche. En un momento, motivado por el Gato, me pongo a rapear con él y con el Leo. Nos turnamos, como siempre, y cada uno en su momento, mientras otro hace el beat box, en improvisadas letras canta (dice) lo que siente, dejando su parecer en los temas que afloran a la vuelta de cada rima. Luego de bastante rato con éste, mi grupo predilecto, me voy al interior de la casa y el panorama es completamente distinto, en la oscuridad, apenas interceptada por  la poca luz que viene del fuego del antejardín, veo a las parejas apegadas moviéndose, presas del repetitivo ritmo que les azota y disfrutan, cantan trozos de letras y los contorneos se multiplican y se transforman en verdaderas insinuaciones de otro tipo, que sólo tienen su razón dentro de la música, en el interior de esta casa oscura, esta noche (o un poco más, quien sabe…). “Wena faic”, alguien me grita, y yo, que más que purista musical soy “bueno para el hueveo” (no faltaba más), me pongo a bailar con una de las niñas que ahí estaban, reíamos, y como siempre me pasa, me reía dentro de mí de lo ridículos que nos vemos todos, y de lo estúpidos que me parecen los que hacen esa música que bailamos, y por ende, nos obligamos a escuchar por ese rato. “He, he, he” me gritaba alguien, creo que el Lautaro. Y es entonces que a menos de un minuto de baile, justo cuando entregaba todo lo poco que tengo por entregar en materia de contorneos musicales, empieza un movimiento que primero comprobamos unos a otros con miradas cómplices y dudosas. Entonces el aviso clásico del temblor: “Tá temblando conchemimadre” y todos salimos al antejardín tranquilamente, sólo hubo uno, que en mala hora se le ocurría hacer el payaso gritando y provocando la histeria en los más temerosos. El temblor pasó a algo que parecía fin de mundo, las cosas caían y vimos cómo se movían los cables, y hasta hubo lugar para pensar en varias cosas, percibir el movimiento de la tierra, ver si donde nos hayamos estamos a salvo. ¿Qué será de mi madre? ¿Qué será de mi hermano? Y la anécdota que cuenta Vila de su tía en el terremoto del 39: esto tiene que ser terremoto en alguna parte.


   Pasado el temblor (que para mí eso fue), voy en busca de mi vaso de ron, y veo que en la casa se habían caído varias cosas, al rato varios amigos llamaban a sus familias y supe que en Santiago se había sentido muy fuerte. Recién decidí irme a casa cuando amanecía y ya habíamos bebido una gran cantidad de cervezas post-ron/post-terremoto al calor de una fogata cerca del bosque. En el camino el Yolo sintoniza la radio desde su celular y son las primeras noticias de terremoto que escucho, me preocupo, vamos a ver la casa de mis abuelos y empiezo a tomar conciencia de lo ocurrido. En mi casa el refrigerador había salido a caminar y llegó bien avanzado el comedor, se desmoronó parte de mi biblioteca y fueron a dar la suelo dos rumas de cd’s y un cuadro. Al otro día hablé con la familia y no obtuve malas noticias. 


   ¿Que cómo fue mi terremoto? Movido, vaya que fue movido.


Felipe Ibarra, Horcón, marzo de 2010.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Plack

a Franz, Horacio y Julio


El insecto estaba alojado al interior de la prenda. Plack al articular sus dedos, una vez puesto el guante desesperó al bicharraco y este le picó en la unión de los dedos medio y anular.
Apenas alcanzó a sacudir la mano con locura, antes de abrazar con su otra mano la muñeca derecha. Flectó las rodillas y se encuclilló, sin caer completamente al suelo. Trató de enderezarse. El fulgurante dolor nacía desde su mano en palpitaciones continuas. Entonces, atinó a sacarse el guante y al tratar de moverlo un segundo y un tercer punzazo estremecieron, desde la mano, todo el cuerpo de Plack. No pudo evitar un grito cerrado y el asomo de lágrimas espesas que no alcanzaron a rodar por su cara.
Maquinalmente tomó la punta de la tela del extremo del dedo medio y dio un fuerte tirón, arrojando la prenda al suelo. Dio un pisotón y lo que sea que hubiese allí dentro fue muerto y luego maldecido por Plack.
Una viscosidad verde venía a vislumbrarse por entre la tela, y se mezcló con la tierra que dejó el zapato de Plack al momento de pisar el guante.
Volvió la vista hacia su mano. Agarrotados sus dedos se separaban en exagerada contorsión. Poco a poco el eléctrico impulso corría bajo su piel, por el brazo.
Sacóse la chaqueta y la arrojó a la cama justo antes de que la parálisis fuese completa y se entregó al piso. Alzó los brazos invadido de dolor, calambres indómitos resquebrajaron sus entrañas desformando sus miembros, comprimiendo las porciones musculares, las piernas se crisparon, se arrastraban por la alfombra, ajenas a todo control. En estado deplorable alcanzó a ver pequeñas pintitas negras que como estrellas constelaban la palma de su mano, y venían a pintarse en su muñeca, a lo largo del brazo. Su rostro de empalideció, diríase que un tono verde, azuloso dominaba esa palidez de muerte. Al poco rato, las escasas regiones de su cuerpo que no hervían en llagas negras, sangrantes, se vinieron a pintar de este pálido verdoso inquietante hasta la histeria. De su nariz dos hilos de sangre venían a caer por los costados de su boca, ésta se encontraba apretujada como si hubiese sufrido un golpe con un garrote. Sus fauces, en tanto, estaban hinchadas, lo que le daba un aspecto parecido al que tienen cierto tipo de sapos gordos y malevos.
Engrosábance las arterias hasta casi estallar. En su rostro cientos de venas palpitantes, oscurecidas, se marcaron contra el pálido verdoso de su piel, haciendo recordar una especie de mapa terrorífico, un engranaje de cañerías averiadas bombeando petróleo. Se arrastraban por entre las venas de su rostro pesados bultos, coágulos que se movían lentamente, como babosas. Plack, sin embargo, parecía como entregado al sueño.
Repentinamente dos protuberancias rasgaron su espalda por sobre los hombros, y le hicieron enderezar el cuerpo. En el acto se duplicaron las convulsiones, y pareció que al cuerpo de Plack le volvía la vida. El mentón se le arremangó a la cara, al tiempo que la mandíbula superior fue provista de enormes colmillos. Sus ropas rasgadas desde dentro cayeron dejando a la vista sendos manchones de pelo ralo, oscuro y grasiento. De su abdomen, ahora abultado groseramente, nacían seis patas, que en combinación con lo que antes eran sus piernas (y ahora dos patas peludas con varias rodillas, terminada en una especie de pezuña blanduzca) hacían perfecto juego en utilidad y proporciones.
Por fin, aunque dificultosamente, la cosa extraña esta se puso de pié.
Si de poder detenerse a observar en detalle la cabeza de este fascinante monstruo se tratara, veríanse primeramente sus ojos, como calidoscopios impenetrables, obscuros como espejos negros, llamaría la atención, entonces, un pequeño punto, puerta de todas las maldiciones, dibujado en el centro de sus muchos ojos.
Por último sus brazos se contrajeron, quedando como tenazas pequeñas, que terminaron de dar forma a la monstruosa alimaña con horripilante forma de insecto. Ensayó un par de movimientos, reconociendo su nuevo cuerpo, excretó una asquerosa leche amarillenta de olor espantoso y escapó por la ventana.

lunes, 29 de noviembre de 2010

conversación con un pintor


Había una vez, un libro abierto, que mientras lo acariciaba un pulgar en el terciopelo de sus hojas era constantemente recorrido por los ojos del lector que lo sostenía entre sus manos.

Todo era calmo aquella mañana, en que la trama de la novela fluía por las páginas que pronto eran cambiadas por las siguientes, y así cada cierto rato. Iba en la parte en que Juan Pablo Castel llega a la finca decidido a matar a María Iribarne, aún con grandes confusiones. Carlos comprendía la trama sin problemas y se sentía invadido por la impotencia de aquel hombre, aquel pintor raído en lo más profundo de sus sentimientos. Lo compadecía, sin darle toda la razón.

De pronto su vista se fue perdiendo, a medida que avanzaba en la lectura, una sensación parecida al sueño, le abrió las puertas a la siguiente visión, las letras comenzaron una danza de colores que se mezcló con la imagen de él, sentado en un banco de plazoleta junto a Juan Pablo Castel hablando de pintura y de mujeres. Carlos miraba atento a Castel, quien como buen pintor, no hizo mayor referencia a su pintura pero sí habló de una tal María, mirando constantemente su reloj.

Luego de una pausa Castel miró a Carlos con los ojos vidriosos y le confesó sus más secretos sentimientos, dijo que María era toda su obsesión, que luego de que ella viera en aquella ventanita, de su pintura, parte de su propia esencia, hizo comprender al pintor que esa era, lo que algunos llaman, su alma gemela.

Castel sabía que María no le pertenecía; a pesar.

Me dio las gracias por escucharlo, se levantó y esa misma noche se quitó la vida.


faic, 2007

miércoles, 24 de noviembre de 2010

El noveno corazón

Aquello ocurrió allá por el siglo XVIII, en un mítico castillo del cuál se saben más historias que datos precisos de su ubicación. Sir Davis Carroll, inglés de nacimiento, en sus años había rechazado cargos en la corte para dedicarse a la vida de excesos por la cuál es recordado. Tenía, desde luego, fama de abusivo y libertino y vivió solo en aquel castillo hasta que nació su única hija, Virginia.
Un antiguo compañero de la academia, que llegó a ser un gran amigo en aquellos años de la lejana juventud, me confió esta historia, que a su vez le fue narrada por su padrino, un hombre que tuvo la suerte de viajar a los rincones más extraños que se puedan imaginar y que dejó un legado de dos tomos de historias que fue recogiendo en sus viajes y que fueron publicadas tras su muerte bajo el nombre “Historias del otro lado de la montaña de Lafinur Montalbán. Ediciones del bronce”
Eran las vísperas de la visita de Jocovik Jaráh al castillo de Sir Davis Carroll. El menú para la ocasión consistía en una antigua receta que Jocovik conoció en uno de sus viajes y que llevaba por nombre “el ensalzado de los ocho corazones”. Jocovik era un excéntrico que había recorrido toda Europa, Asia y parte del África en busca de los manjares más exquisitos para acariciar su paladar, conocía recetas ocultas de los monasterios belgas, como de las antiguas dinastías chinas, de pueblos fascinantes del Vietnam, de tribus africanas que practicaban el canibalismo.
Para la preparación de aquel plato se necesitarían, desde luego los ocho corazones, y algunas raíces e ingredientes especiales, que Jocovik hizo llegar a Sir Davis junto con el manuscrito en donde detallaba cada uno de los pasos a seguir para preparar el supremo platillo, labor que no requería de un gran dominio de las técnicas culinarias, pero sí un extremo cuidado con cada una de las curiosas indicaciones. El corazón, que por cierto debía ser humano, tendría que ser extraído con delicadeza, los conductos que lo atan al pecho, llámese venas, arterias u otros serían cortados por metales al rojo vivo para que quedaran sellados y el corazón quede entonces lleno de su propia sangre. Mientras más hinchado de sangre esté, mejor será el bocado y más suave será la carne del corazón al momento de comerlo, decía la receta.
Será necesario extraer el corazón cuando éste aún esté latiendo, para que tenga buen sabor, de lo contrario se vuelve amargo y es imposible comerlo, pues se endurece rápidamente.
Sir Davis Carroll, había comprado ya ocho jóvenes de buen tamaño, los había mantenido durante más o menos un mes viviendo cómodamente. Los ocho adolescentes, que no pasaban de los 15 años de edad, había ejercitado sus cuerpos en paseos por las dependencias del castillo, se habían bañado en la hermosa laguna que Sir Davis tenía en uno de los patios al costado del castillo y asistían todas las tardes a conciertos que daban en el salón del castillo los mejores músicos del reino, para el placer de los ocho jóvenes, tal como le aconsejaba Jaráh en su extenso documento.
Bien alimentados y llenos de dicha los jóvenes disfrutaban de su tranquila vida sin preguntarse cómo, ni porqué, habían llegado a aquel castillo, y eran tratados como príncipes.
Una de las cosas más importantes, a tomar en cuenta, era que, entre que el corazón late con vida en el pecho del elegido para el sacrificio y hasta que es servido no debe pasar más de una hora. Esto, decía el documento de Jocovik, era fundamental en las creencias populares de donde venía esta receta. Si se excede este plazo, a quien comiere, un poco si quiera, le recaerán horribles maldiciones de las que no se librará ni él ni su familia. Jocovik fue tajante en que se respetasen dichas creencias y bajo estas sentencias y consejos se llevó a cabo la preparación del menú de aquella noche.
Los ocho jóvenes esa tarde almorzaron en el mismo castillo, y luego de la comida, mientras dormían la siesta que ya habían tomado por hábito, fueron inducidos a un largo sueño, del que no despertarían, con unos inciensos que los dejaría dormidos por muchas horas; el estado ideal para ser sacrificados esa misma noche en medio del sueño, sin dolor alguno, sin perturbaciones y en absoluto reposo.
La cena estaba fijada justo a la media noche y ya estaba todo listo. Solo faltaban unos instantes para que llegase Jocovik Jaráh, cuando entra al despacho de Sir Davis Carroll uno de sus súbditos con una nota emitida una hora antes por Jocovik que decía lo siguiente.
Querido amigo, esta nota llegará a vuestras manos minutos antes de mi llegada. La receta, que sé estas ansioso por probar, cuenta con un detalle relevante. Su verdadero nombre es “el ensalzado de los nueve corazones”.
...Yo llevaré el ingrediente que falta.”
Al leer estas palabra Sir Davis Carroll quedó desconcertado ¿Cómo podría, Jocovik, equivocarse en la receta que se supone conocía tan bien? Fue a la cocina e hizo leer el documento al cocinero para ver si notaba alguna pista que comprobara el error, él mismo releyó el manuscrito de Jocovik y no halló indicio alguno de un noveno corazón. Salió de la cocina y entró en el comedor. Ya estaba todo listo, la mesa muy bien puesta, las velas en sus góticos candelabros iluminando todo con sus destellos amarillentos, el ventanal enmarcaba una luna llena que bañaba de plata el jardín y los techos próximos de las otras habitaciones del castillo. Se tranquilizó, pero aún con una extraña sensación de duda se fue al salón principal a esperar a su invitado.
Justo antes del tronar de las campanas a la media noche, Jocovik Jaráh, hizo aparición en el castillo. Cubiertas sus espaldas por una capa negra, un elegante sombrero ensombrecía su rostro. Traía en su mano derecha una bandeja de plata y en ella un palpitante corazón de fuerte aroma, que parecía palpitar, henchido aún del calor de vida que en él hubo.
Pasaron al comedor en un instante e hicieron un brindis cuándo ya todo estuvo listo. Dejaron el vino y se enfrentaron al banquete. Los rostros de ambos resplandecieron al ver lo hermoso que tenían frente; los nueve corazones sazonados con una exquisita salsa de sabores suaves, que haría perfecto juego con el sabor robusto y al mismo tiempo delicado de los corazones.
Jocovik ofreció al anfitrión, el honor de degustar, el corazón que le pareciera más apetitoso, Sir Davis aceptó y luego de observar el conjunto no dudo en tomar el más grande y de mejor color, el corazón más hermoso de los nueve que allí esperaban para ser servidos. Era el mismo que trajera Jocovik, y en efecto, tenía un tamaño perfecto y no bastaba haber probado la carne de este tipo de órganos para saber que ese era el más apetitoso.
Al acercarlo a sus labios le invadieron los aromas dulces de la sangre y sintió la tibieza de la carne al darle el primer mordisco. Tuvo que inclinarse hacia delante y dejar que cayeran en un platillo los chorros de sangre que caían por los costados de su boca. Ya en la primera mascada Sir Davis sintió cómo fuerzas animales nacían en sus ansias de comer.
Se sintió dichoso, los sabores eran increíbles, jamás había probado algo tan bueno, la carne estaba tan tierna como lo era una seda y sabía tan delicioso que Sir Davis olvidó toda buena costumbre y devoró de un solo bocado el resto de corazón. Se sentía grosero, algo desconocido le invadía entonces y al terminar de comer y sorbetear del platillo la última gota de sangre del maravilloso órgano miró a su amigo con el rostro iluminado, éste tan solo le devolvió una sonrisa y sin perder un instante se hizo de uno de los corazones, lo apretó entre sus manos y lo devoró, también en un instante. Sir Davis al mismo tiempo devoró uno y otro con la misma ansia con que devoró el primer corazón, aquel órgano exquisito, lleno de vigor, que le mostrase este universo nuevo de sabores que jamás pensó que existían.
En el transcurso de la cena, claramente no hubo lugar al diálogo y sólo se oían los sonidos propios del mastique, el deglute, el trapique, el engullido y el sorbeteo del banquete feroz.
Al final de la noche, bebieron un poco de vino y saciados comentaron la delicia. Jocovik se excusó al poco rato y no quiso pasar la noche en el castillo de Sir Davis, aunque éste le insistía en que partiera a la mañana. Se despidieron, Sir Davis le decía entonces que volviera al próximo mes para repetir la cena, a lo que Jocovik contestó “Lo siento querido amigo, pero cuando amanezca ya no opinarás lo mismo. Entonces, no trates de buscarme.” Sir Davis Carroll, no comprendiendo estas palabras, despidió a su invitado.


A la mañana siguiente fue hallada Virginia, su hija, con el pecho abierto.


Faic, junio del 2007, junio del 2009

miércoles, 6 de mayo de 2009

mi relato es el 666

http://radiolibre-op.blogspot.com/2009/03/relato-601-700.html

prueba

esto lo escribo para ver cómo se verán mis texto acá.. no sé bien qué voy a publicar en este sitio, pero pretendo subir algunos textos míos y quizá algunas ideas y cosas por el estilo

no sé muy bien cómo funciona esta cultura de los blogs, pero veré qué hacer en el camino..

-QUÉ CAMINO?

-PUES QUÉ SE YO, NO HINCHES LAS PELOTAS, POR FAVOR.

Bienvenido yo, a esta mierda, entonces....................!

ah! y habían otras letras!